EXPAÑA

  

 En la fábrica de la Moncloa se cuece la expropiación de España, y la vacuna es un paso. 


España es en estos momentos un lugar inhóspito, sin paz ni bien, una nación enajenada, una caricatura de sí misma; mejor sería llamarla Expaña. A su verdadera esencia se ha incorporado, mediante el engaño del vil metal, un invasor,  un agente tóxico que busca extenderse y expropiarla. España está enferma de desamor, avasallada por instigadores del odio. España no es ella ni su sombra.

Cuando estamos heridos o enfermos deseamos vernos libres de esa limitación; sin embargo, esa pérdida de  autonomía siempre viene en ayuda nuestra porque, abajándonos,  nos pone en nuestro lugar, el de ser criaturas, seres que dependen de Otro; y al aceptar esa condición menesterosa, al ser humildes, accedemos a la verdad y con ella a la libertad y a la felicidad. En realidad, por el pecado original todos hemos quedado heridos y necesitados de cura, de un ambiente propicio para mejorar, uno distinto de aquél en que fuimos heridos. Ese buen lugar es siempre,  de una forma o de otra, un hospital,  un sitio que te brinda hospitalidad, amor desinteresado; y no conozco otro tan completo como el del Corazón de Cristo. Cristo se dejó clavar a una cruz, y dejó que la lanza de un soldado le atravesara para derramar sobre nosotros los tesoros de su Corazón: su Amor infinito. Desde entonces, en cualquier lugar en que se practique la caridad, hay presencia de Cristo, hay Espíritu y vida.

El odio, fruto de la soberbia, nos hiere en lo más profundo porque nos aparta de Dios y  de los hermanos; nos aparta de la fuente del amor, de la que recibimos todo. Porque Dios, la perfección suma -no necesitado de nada-, se desbordó a sí mismo para compartir con otros, creados a imagen  y semejanza suya, su amor infinito. Y al separarnos de la fuente por el pecado de soberbia, es cosa de tiempo que perezcamos, si no nos dejamos ayudar. Al ponernos por encima de los demás nos aislamos y perdemos el sentido de vivir -que es amar- y quedamos perdidos y sin fuerzas para buscar el camino de vuelta a la vida. La sanación de nuestro corazón herido, que al aislarnos de los demás nos debilita, supone aceptar una situación humillante.  Pero en la aceptación de nuestra impotencia, en ese vencer la repugnancia que nos causa ser compadecidos o repudiados, nos hacemos, paradójicamente, como Dios. La Cruz de Cristo, o sea, el sufrimiento asumido por amor, es el bálsamo sanador de la existencia, es el restañador de todas las heridas; el ungüento que nos unge, el yugo suave que nos une a los hermanos, la condición imprescindible para cohesionar la sociedad.

En este sentido, el Occidente cristiano ha llegado a una situación dramática. La extrema dependencia de la economía capitalista –que no tiene corazón- ha hecho enfermar la sociedad. La convivencia se ha estresado tanto que ni siquiera los aliviaderos que se han venido abriendo  –partidos tipo Vox- garantizan ya la pervivencia del sistema; y los magnates, afinado su olfato para detectar desastres, se han decidido a lanzar su elaborado proyecto inmoral, agregando a él a cuantos, por no haber conocido a Dios o por negarle directamente, conniven con su pérfido juego, ‘sin saber del todo lo que están haciendo’.

Antes de que nadie hubiera oído aún hablar del covid, y antes de que nadie opinara sobre él, ya existían sobre el papel “los negacionistas”. Siempre se ha oído decir que el dinero es muy miedoso, y por eso es obvio que, en una 'catástrofe mundial' que la Bolsa festeja, no puede estar sucediendo nada que esté fuera del control de los adinerados. 

Todo, pues, medido y pesado; el desmantelamiento de países enteros que se está llevando a cabo, contemplaba entre los trabajos previos ganarse las voluntades de todo aquel que tuviera alguna representación social. Y así se explica que, cayendo las empresas una tras otra, no haya en la calle el más mínimo altercado. Los trabajadores, tanto asalariados como autónomos, no tienen quién defienda sus intereses; es más, están siendo sistemáticamente engañados.

Quienquiera que haya diseñado y disparado este covid, debía de estar muy convencido de que el grueso de la población activa estaba ya 'desenchufado' de la corriente del pensamiento reflexivo; y doy fe, por mis treinta y cinco años de docencia, de que ese aspecto del plan utilizó a los agentes educativos para su ejecución. Al mismo tiempo, a base de ‘golpes con la regla moderna’, el plan se ha asegurado de que el pensamiento fuera sustituido por la emoción: ‘Yo lo siento así, y mi opinión es tan válida como la tuya’; y basta hablar con la gente para ver que esto es así. Y siendo así, se entiende que nadie ponga en duda que haya ‘buenos y malos’ en política, que existan los científicos –benéficos ‘por naturaleza’- y que la sociedad vaya hacia el progreso de la mano de la verdad. Con estas premisas cognitivas indiscutibles, ya da igual que mientras el gobierno destruye el patrimonio común la oposición se limite a hacer pucheritos; que la ciencia sea el gran ausente del covid; o que la prensapolitíc lleve años troleándonos. Nada importa que eso esté sucediendo y que se note, porque los cuatrocientos expertos en manipulación de masas de la Moncloa saben cómo hacer que, a los ojos del español medio, esa devastación parezca otra cosa.

Para empezar, mantienen la apariencia social clásica: dos bandos en pugna por el poder político; y desde ese engaño torean al respetable al tiempo que le chupan los recursos y la moral. Los magnates tienen el control de todos los medios, y usan su apabullante poder propagandístico para crear la realidad que les permite robarnos y desanimarnos. A fuerza de no hablar de otra cosa consiguen que los ciudadanos terminen creyéndoselo, aun sabiendo que es mentira. Y como no hay forma de demostrar que se trata de fraudes (aunque maten de hecho tanto como el supuesto virus, o las supuestas guerras) consiguen su propósito de arruinarnos y debilitarnos, empujándonos a la esclavitud sin que ofrezcamos ninguna resistencia. Cansada y aturdida, la población prefiere autoengañarse a dudar de la versión oficial de la realidad. "-¿Cómo vas tú a decir que el covid es una invención? ¿O que ‘la izquierda y la derecha’ no existen, y que en realidad trabajan ambas para imponer el engaño? ¿En qué cabeza cabe que ‘los rojos’ estén a favor del capital?" 

Lo cierto es que lo que llamamos rojos, o comunistas, eran, antes y ahora, en general, gente que rechaza a Dios y el tipo de vida que dimana de Él; y en estos momentos, estando ya maduro el nuevo plan -ha habido ya muchos- para sacudirse el yugo de Dios, se pueden destapar y actuar como lo que son: liberales consecuentes, siervos del dinero, los verdaderos “negacionistas” -de Dios, claro.

En el último capítulo del primer libro de El capital, Karl Marx se refiere a un tal señor Peel, un industrial beneficiado por la adjudicación de terrenos que la Corona británica realizó, allá por 1830, para la colonización de Nueva Zelanda. El señor Peel organizó una flota, para trasladar desde Inglaterra hasta aquella lejana isla «medios de subsistencia y producción por un importe de cincuenta mil libras» (que imaginamos que en la época sería una cantidad astronómica), así como «tres mil personas pertenecientes a la clase obrera: hombres, mujeres y niños». Pero ¿qué le ocurrió al señor Peel en cuanto desembarcó en Nueva Zelanda? Pues que aquellos tres mil obreros que se había llevado consigo desparecieron como por arte de ensalmo, hasta el extremo de quedarse «sin un sirviente que le hiciera la cama o le trajera agua del río». Imaginamos que esas familias obreras habrían firmado con el señor Peel un contrato laboral que no sería del todo rácano, pues nadie se embarca con destino a las antípodas a cambio de una limosna. Ocurrió, sin embargo, que aquellos asalariados, al desembarcar en Nueva Zelanda, descubrieron que allí había tierras vírgenes; y, al instante, decidieron que preferían mil veces las incertidumbres del propietario a las certezas del asalariado. Se hicieron campesinos, ganaderos, artesanos; o sea, emprendedores auténticos, dueños de una propiedad (y no como los que nuestra época jalea cínicamente).

De repente, el señor Peel descubrió que las leyes sobre las que se sustentaba el capitalismo, que en Inglaterra funcionaban como un mecanismo de relojería, resultaban por completo inservibles en Nueva Zelanda. Y es que el señor Peel, que previsoramente había transportado medios de subsistencia y de producción, así como trabajadores suficientes, se había olvidado de ‘transportar’ hasta Nueva Zelanda las relaciones de producción que hacen posible el capitalismo. Se había olvidado de acaparar todos los terrenos de Nueva Zelanda, o de tasarlos a un precio prohibitivo que impidiese o dificultase sobremanera el acceso a la propiedad. Se había olvidado de organizar una economía en la que todos los oficios resultasen inservibles si no se resignaban a ser asalariados. Se había olvidado de llevar una real cédula que estableciese un marco económico idéntico al que regía en la metrópoli. ¡Se había olvidado, en fin, de llevar consigo a los policías encargados de garantizar el cumplimiento de esa real cédula! Y entonces Marx concluye de forma inapelable: «El modo de producción capitalista presupone el aniquilamiento de la propiedad privada que se funda en el trabajo propio; esto es, en la expropiación del trabajador».

Esa concentración de la propiedad en unas pocas manos es lo que está aconteciendo ahora, eso es el covid. Y puesto que sin una propiedad privada repartida no hay libertad económica, ni por tanto política, la única manera de hacer frente al expolio actual consistiría en volver a repartir paulatinamente la propiedad arrebatada al pueblo con engaño (y garantizar ese reparto con leyes y policías). Ese largo pero inevitable itinerario,  pasaría por limitar la libertad de acción de los mercados financieros, recuperando un modelo que proteja y estimule la producción nacional; pasaría por fomentar una economía de cercanías, favoreciendo los negocios nativos frente a la invasión transnacional (con su plaga de franquicias y sucursales); por limitar al máximo el comercio electrónico, y así sucesivamente; justo lo contrario de lo que se está implementando a marchas forzadas.

Los de cierta edad fuimos testigos de cómo la economía que no se funda en la propiedad privada -la de la extinta Unión Soviética- languidece hasta desaparecer, y estamos convencidos de que cuanto más se reparta la propiedad, más libertad económica habrá; y si a esto añadimos una educación de los individuos para que sean virtuosos, la mayor libertad económica se traducirá también en un aumento de libertad política y de justicia social. Sólo cuando hay un sentido de pertenencia y arraigo, un compromiso, y vínculos fuertes, sólo cuando uno siente que tiene algo por lo que merece la pena luchar y hasta dar la vida, se hace verdaderamente libre. Sólo el fortalecimiento de los lazos sociofamiliares, de la propiedad privada y de la cultura patria y sus instituciones, puede ser la base de una reconstrucción cívica.

Las historias de vida son a menudo buenos argumentos para apoyar una teoría.  En el libro titulado 153 rosasyo relato mi vida hasta los cuarenta y nueve años, y puede servir para ilustrar la idea antes expuesta. En él se cuenta cómo una vida rota en pedazos es reconstruida, desde la fe, con la ayuda de la ciencia, la familia y el Estado de Derecho, y da idea del destrozo que supone desvirtuar o destruir cualquiera de esas realidades: la sobrenatural, la natural y las instituciones que de ésta se derivan. Ahí va un extracto:

"Alejado de Dios, cuando me llegó el momento de reconciliarme con Él, escuchaba y leía con gusto la biblia, aplicando todo mi entendimiento a sacar buenas enseñanzas. Por mi formación ya conocía muchos pasajes, y uno de ellos, el de la pesca milagrosa que hicieron algunos discípulos tras encontrarse con el resucitado, me llamaba especialmente la atención. Consciente de que en el libro sagrado todo tiene un sentido, me preguntaba qué significaba aquello de que los peces sacados habían sido 153. 

Con mi vuelta a la Iglesia había empezado para mí  un camino lento de formación en la fe y poco a poco fue creciendo mi deseo de seguir a Jesús. Incluso había llegado en cierto momento a pensar en “hacerme sacerdote” (no sabía entonces que para eso tenía que recibir una llamada –‘vocare’: llamar, vocación), pero justo entonces me puso Dios al lado una mujer, mi esposa. Ella también amaba a Jesús y había recorrido un largo camino hasta conocerme y unirse a mí ante el Altar, y los dos recibimos aquel sacramento como un don muy especial. Así deslumbrados y agradecidos, ansiábamos ser “pescadores de hombres”. Y para poder realizar mejor esa misión hicimos el Máster en Ciencias del Matrimonio y de la Familia, yendo dos tardes por semana a Madrid durante dos años. Y estando en esa tesitura sucedieron cosas que nos empezaron a confirmar que nuestro deseo de pescar hombres había sido escuchado, signos relacionados con el ‘153’.

Las explicaciones doctas -como que ése era el número de especies que había entonces en el mar de Tiberíades, y que todas cabían en la Iglesia- no me convencían, y un buen día me hizo Dios caer en la cuenta de que mi noviazgo había durado doce meses y ciento cincuenta y tres días. Tras esa primera ‘diosidencia’ vinieron muchísimas más, a cual más sorprendente. Ahora ya no necesito estos signos para estar convencido de que “la Palabra de Dios es viva y eficaz”, pero durante un tiempo estimularon mi fe. Uno de los últimos ‘hallazgos’ que me mostró el Señor fue una peculiar curiosidad matemática: ¿Sabían ustedes que el 153 es el número natural que encabeza la lista de lo que algunos llaman “los números narcisistas”? Se trata de números que cumplen la regla de que siendo n el número de cifras, y ‘a, b, c…’ las cifras concretas:

n   +  n    +  n   =  N

3   +   3  +  3    =  153

¿Y sabían que al pulsar en los cajeros '0153' se traza siempre el signo de la cruz? [Sin Dios no podemos hacer nada; pero nuestro '0 a la izquierda', con Jesús, es un PIN que nos abre todos 'los cajeros del mundo'.]

El caso es que, por extraño que parezca, se me ha dado a conocer que el número 153 simboliza la historia de la Redención del hombre, la plenitud de los tiempos consumada, la última palabra de Dios. En ese guarismo se contiene todo lo que existe: lo humano y lo divino. (...) En cuanto a lo divino, el 153 refleja la creación, la recapitulación de todo lo creado en Cristo, y la reintegración de lo dividido en la unidad trinitaria: El ‘tres en uno con el que todo vuelve a funcionar’.
El uno es Dios que de puro perfecto en el amor se desborda y crea al hombre. Éste va por libre y se pierde; pero Dios va en su busca haciéndose en todo igual a él, excepto en el pecado, para salvarle; y siendo Uno, perfecto e íntegro, enteramente feliz, se deja destrozar; siendo todo se anonada, siendo entero se parte. Y así lo vemos en la cruz, traspasado por cinco llagas. Por este sacrificio, al asumir la muerte el que es la Vida, queda abolida nuestra condena y somos elevados, con Cristo a la cabeza, a la Trinidad: el tres perfecto, trasunto del Uno, Motor de  Explosión –Big Bang-  de dos tiempos: Crreadorrrrrrrr…  RRRRRREEE…CREADORRRR (…)

Aunque desde el principio tuve claro que escribía para llevar almas a la fe, principio de felicidad, el título, la forma y el contenido del texto me fueron surgiendo poco a poco, como “a lo tonto”. Quede claro pues, que si al lector le resulta interesante no es a mí a quien tiene que dar la enhorabuena. En cuanto al título, desde que empecé a vislumbrar que escribir un libro podía ser un deseo de Dios para mi vida, me fui encariñando con la idea de un proyecto narrativo que se titulara ‘153’. Sin embargo, una vez confirmada y emprendida mi aventura literaria, en distintos momentos a lo largo del proceso creativo me parecieron mejor otros títulos, y fui pasando de uno a otro: El Dique, La Piedra Angular, La Fuente Arcana, etc. Finalmente, la idea primera tomó asiento y llegué al convencimiento de que el número 153 iba a llenar la portada de mi libro. Pero entonces, cuando estaba revisando el texto, caí en la cuenta de otra hermosa ‘diosidencia’: Las flores que yo le había regalado a mi esposa siendo novios sumaban en total 153. Sí, 153 rosas. Y este hallazgo me sirvió, en primer lugar, para confirmarme en lo que ya sabía: Que mi papel era sólo de colaborador en este proyecto; que el genio creador y el mérito de todo eran de Aquel que tanto me amaba. Y en segundo lugar, para darme cuenta de que yo asociaba riquísimos significados al número 153, pero aún después de haberme decidido a ponerlo como portada persistía en mi interior una cierta insatisfacción. Porque conteniendo en sí esa palabra todo -lo bueno y lo malo- resultaba fría para expresar la plenitud a la que el hombre está llamado. Por eso la ‘revelación’ de la segunda parte del título completó el aspecto cálido que le faltaba a la primera, cerrando con ello el círculo.

En resumen, la rosa es símbolo de pureza y encarna perfectamente el ideal de belleza a la que todo hombre aspira, y eso aún contando  con que no hay rosa sin espinas. Por su parte, el 153 abunda igualmente en espinas, como veremos, sin que por ello deje tampoco de ser ese número la representación más genuina del hombre perfecto.

Y dicho ya abiertamente lo que se va a encontrar el lector en este libro, no se me escapa que por tratarse en cierto modo de ‘uno de esos libros que buscan hacer prosélitos’ puede resultar incómodo el envoltorio enigmático con que lo presento, puesto que recuerda un poco a una de esas historias esotéricas tan del gusto del lector de hoy. A este respecto debo decir que, aunque ciertamente no lo es, tiene infinitamente más misterio y puede excitar más la imaginación que todas esas historias, y llegarle al lector hasta los mismísimos tuétanos. Pero para que cada cual pueda juzgar por sí mismo y saber a qué atenerse, explicaré por adelantado ese dato chocante de las flores del noviazgo.

Al mes de conocer a la que hoy es mi mujer se me ocurrió regalarle una rosa roja. Al cumplir los dos pensé que estaría bien regalarle dos rosas rojas y que sería precioso continuar con esa costumbre hasta que si Dios quisiera nos casáramos. Y así fue. El ritual se repitió hasta diecisiete veces que fue el número de meses que duró nuestro noviazgo. Y ahora hagan ustedes sus cálculos: 1+2+3+4+5=15; 6+7+8+9+10=40; 11+12+13+14+15=65; 16+17=33; y 15+40+65+33=153 rosas

Una vez comprobada la suma, si algún lector sigue sintiendo curiosidad es que busca la verdad y la belleza; porque nadie podrá negar que ese aroma está presente en el detalle de las rosas. En cierto modo todo el libro va de eso: del camino del descubrimiento de esa realidad maravillosa que, estando muy cerca, resulta sin embargo extraña para la mayoría. (Hasta aquí el extracto del libro).

El resultado electoral en Cataluña ha determinado un giro en el enfoque de la prensa. El proyecto topamí que se intenta implantar, enemigo de la España que respeta a sus mayores, tiene  serios problemas para avanzar; y como la operación de limpieza de imagen del PSOE ha fracasado, comprometiendo la viabilidad del mismo, la prensa de los últimos días nos presenta al Gobierno acercándose al PP al tiempo que denigra a los socios frankestein y revaloriza a Ciudadanos.
En este último partido militó del 2016 al 2019 Girauta, diputado y mano derecha de Rivera, hasta que a éste lo amortizaron. En las últimas generales se presentó como cabeza de lista de un bastión muy cercano a Madrid y muy importante: Toledo.
Girauta escribía de vez en cuando en el ABC, y al no obtener escaño en nuestra ciudad pasó a ser columnista oficial de ese diario y uno de los más cotizados. Sesenta años recién cumplidos, licenciado en derecho pero no abogado, 'maestrillo' de negocios pero no hombre de ellos, aspirante a filósofo que se cansó de pensar; afiliado socialista, luego pepero, por fin Ciudadano y hace unos meses ponente de VOX apolítico; pero ante todo y sobre todo malabarista de palabras, que de algo hay que comer, y el ABC encantado porque le rellena la tercera con elegancia chulesca y sin compromiso ninguno.
Si yo entendiera de toros, tal vez podría explicar esto mejor, pero el único 'morlaco' que yo toreo es cuando mi hija se lía a darme empujones; en esos casos empiezo a dar giros de rotación y de traslación, y así la toreo. Y esto mismo hace Girauta, cuyo nombre -el que se mueve entre giros- le va que ni pintado. Obviamente no es casualidad que Girauta haya sido el número dos de C's, partido fronterizo, ribereño o veleta. Y que una vez hundido el buque, él haya sobrevivido como si tal cosa, o incluso medrado. Hace unos días he leído un artículo suyo que empieza así: “El 'giro al centro' del PP sugiere un pasado radical, desatinado, posiblemente de enroque, de encono...”. Afirma Juan Carlos que al PP le han mareado siempre las ideas; y que anda desnortado. Hace falta mucha cara para hablar así con una trayectoria personal como la suya, que supera a la de Groucho. Pero es que, además, lo de las ideas políticas es del siglo pasado. También entonces era un engaño, aunque más creíble; pero desde que entramos en la UE, las ideas han ido adelgazando hasta quedarse en piel y huesos: apenas se sostienen y sirven para algo.
Girauta y su pagador dicen que lo del PP ganando unas elecciones está muy verde y le echan la culpa a Casado: que Sánchez le avasalla. Llevábamos tres años en que todo el PP en bloque y la prensa ‘afín' callaban dejando a Sánchez demoler España, y ahora que se le pone feo seguir en el machito, salen Aznar, Pizarro y Camacho diciendo que todavía no, porque Casado no lidera ni convence. ¿No lo han visto en tres años? ¿Es que bajar de 4 a 3 escaños, con la abstención covid, es para tanto? Porque eso de que no ha recogido los votos de C’s... ¿quién se fía de C’s? Eso de que es un partido de centro hace reír… Aún recuerdo cuando estando sin gobierno España, y ellos ‘con buena prensa’, les faltó tiempo para echarse en los brazos del impresentable líder del ‘no es no’, tan sólo porque Rajoy les dijo que sus pretensiones estaban fuera de lugar; y formaron pinza con Sánchez hasta que, después de un año de peligroso vacío de poder, cansados y acosados, los españoles volvimos a pedir que Rajoy nos gobernase. Aún así siguieron copando las portadas del ABC dándoselas de patriotas… En fin, hechos todos éstos que por el bien de España no conviene olvidar. Y decir que los votos de C’s han ido al PSC por culpa de un PP sin proyecto es también fábula, porque C's es un seudo partido que busca sólo cumplir la misión que le han encomendado, y si han votado al PSC no fue por el bien y la unidad de España sino todo lo contrario. 
En 2017 fue alzado C’s en Cataluña y tuvo opción a formar gobierno, pero no quiso, ya que su misión estaba en la política nacional; porque para torpedearla fue diseñado y financiado y así, con su imagen muy levantada, intrigó para echar a Rajoy; y por esos frutos lo conocemos, porque cayó Rajoy, y España desde entonces rueda por la pendiente.  Vemos también,  observando sus frutos, que en realidad es un partido extremado: que sube de golpe y se desmorona de golpe… nada de centro, nada de moderación, nada de estabilidad ni de encuentro con la esencia serena castellana. En una palabra, C’s no tiene consistencia y presume de lo que carece, esto es, de ciudadanía.
No, nada tiene que ver la figura de Casado en que el PP no chute; no pocas veces el destino elige líderes poco perspicaces (Rajoy, Abascal, Casado) que llegan arriba por conveniencias convergentes, sin que eso signifique que no puedan resultar beneficiosos para el país. Lo de Casado ha sido porque interesaba una oposición blanda y porque quedó patente en aquel momento que antes de que España fuera enajenada y alzado algún mal hijo suyo al poder, hacía falta triturar a los pocos que aún se mantenían fieles a sus raíces. Y como ese 'trabajito', entre filomenas y demás fenómenos patrios, se está alargando, no toca aún "hacer sonar el 'gong' de la nueva paz mundial, cuando en España un partido serio y honrado de derechas haga sentir que todo, por fin, ha vuelto a su ser..."
Triturar lo que aún resiste a la mentira  es efectivamente el propósito que parece regir toda la acción política moderna; en las décadas precedentes, mediante las mazas de lo políticamente correcto, y ahora, en plena madurez de la impostura, mediante este invento diabólico-mediático que se cobra vidas inocentes bajo la apariencia de una labor humanitaria. Asistimos a la demolición de los cimientos seculares de la civilización occidental, asentados en la Cruz salvífica de Cristo; en la cruz en la que fue triturado nuestro guía, descuartizado, echo trizas, trozos, añicos… Y es que la fragmentación es el signo de la acción del enemigo de Dios: separa, divide, aísla, incomunica, confina, reduce a polvo, como en los crematorios. Y hasta fragmenta el uso de la violencia, según el viejo refrán  de 'entre todos la mataron...', para disimular el crimen y que aumente el número de los que se animen a practicarlo. El ideólogo del mal nunca va de frente, claro, sino que es escurridizo y sinuoso como la serpiente. Se sienta al acecho, escondido, para saltar sobre su presa cuando está desprevenida… ¡Por supuesto que con esta sierpe no se puede dialogar! Dia-logar es usar el logos, razonar, discurrir, pero la soberbia de este interlocutor le nubla la razón y no cabe entendimiento alguno con él; él está por encima de todo. Su inquietud -que le viene de su enemistad con Dios- no le deja descansar y continuamente maquina su maldad; da carta blanca a su obsesión por destruir. Y ante esa realidad no valen componendas. El Único que puede hacerle frente es Jesucristo, Dios y hombre verdadero, y siempre por medio de María, y a ellos tenemos que recurrir para salir victoriosos del combate. 
En política, que a fin de cuentas es una aplicación de la sabiduría humana, es obligado contemplar la realidad en su naturaleza objetiva, pero esto no tiene por qué excluir la orientación que aporta lo sobrenatural, sino que más bien gracias al Dios humanado tenemos acceso a la verdad y a la unidad, que se realiza en el Amor… ¡A Él sea la gloria por siempre!

¡Jugada redonda de Redondo! ¡Expropia España en la sombra y encima le damos bombo!



Perdone, Sr. Girauta/ que no le siga la pauta/ pero es que me da un mareo/ cada vez que yo le leo


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